Hay días en que abro la app para publicar y se me cruza la misma frase: "¿quién te creés que sos para hablar de esto?". El síndrome del impostor me acompaña desde que empecé a crear contenido en San Martín de los Andes, y por más que crezca, cada tanto vuelve a tocar la puerta. Si te pasa, quiero que sepas algo de entrada: no estás sola, y no significa que no sirvas.
Qué es esa voz que te dice que no alcanzás
El síndrome del impostor es esa sensación de que tus logros son pura suerte y de que en cualquier momento se van a dar cuenta de que sos un fraude. No es vanidad ni falsa modestia: es un miedo real que aparece justo cuando estás haciendo cosas nuevas. Y los creadores lo vivimos seguido, porque nos exponemos todo el tiempo.
Por qué nos pega tan fuerte a los creadores
Nos comparamos con cuentas que llevan años, mostramos lo que hacemos a desconocidos y recibimos opiniones de todos lados. Es terreno fértil para dudar. Encima, las redes muestran solo el resultado pulido de los demás, nunca sus inseguridades. Así es fácil pensar que vos sos la única que duda, cuando en realidad están todos en la misma.
Lo que hago para desarmarla
Con el tiempo armé un par de gestos que me bajan la duda antes de que crezca:
- Anoto los mensajes lindos que me llegan y los releo en los días flojos.
- Me recuerdo que ayudar a una sola persona ya justifica el posteo.
- Separo el dato real ("este reel anduvo bien") de la interpretación ("fue suerte").
- Publico antes de pensarlo demasiado, porque la duda se alimenta de la espera.
No tenés que sentirte cien por ciento segura para crear. Tenés que crear igual, y la seguridad llega después, de a poco, mientras hacés.
El error de esperar a sentirte lista
Durante mucho tiempo esperé el día mágico en que iba a sentirme experta y merecedora. Ese día no llegó nunca, porque no funciona así. La confianza no viene antes de la acción: viene de hacer, equivocarte, seguir. Si esperás sentirte suficiente para arrancar, no arrancás nunca.
Convivir, no ganar la guerra
Dejé de intentar matar al impostor y empecé a convivir con él. Ahora, cuando aparece, lo saludo y publico igual. Aprendí que esa voz se hace más chiquita cuanto menos le hago caso. No desaparece del todo, pero ya no maneja el volante.
Si hoy sentís que no sos suficiente, te pido una sola cosa: subí igual ese contenido que tenés guardado por miedo. Del otro lado hay alguien esperando justo lo que vos tenés para decir. Si te sirvió leer esto, guardalo para el próximo día flojo.
