Si hay algo que define a esta parte de la Patagonia son los lagos. Vivo a orillas de uno y, aun así, cada vez que me acerco a otro siento lo mismo: esa quietud del agua entre montañas que te obliga a frenar. Te dejo un recorrido por los que más me marcaron, con la mirada de quien los filma seguido.
El lago que abraza al pueblo
El Lácar es el lago de San Martín, el que ves apenas llegás. Su costanera es punto de encuentro: gente caminando, kayaks que entran y salen, el reflejo del cerro sobre el agua. Es perfecto para un primer contacto, sobre todo a la hora dorada, cuando todo se tiñe de naranja. Desde acá podés tomar excursiones hacia costas más escondidas.
Aguas quietas y bosque cerrado
A poca distancia hay lagos más íntimos, rodeados de bosque tupido, donde el silencio es casi total. Son ideales para una mañana tranquila: llevás algo para comer, te sentás en la orilla y dejás que pase el tiempo. En esos lugares filmé planos que parecen pintados, con el agua tan quieta que duplica la montaña.
Un lago patagónico en calma es un espejo donde el cielo y la montaña se miran sin apuro.
El circuito de los Siete Lagos
No puedo hablar de lagos sin nombrar este camino mítico que une la región a través de espejos de agua, uno detrás de otro. Cada curva regala una postal distinta. Te recomiendo hacerlo sin prisa, parando en los miradores, bajándote a respirar. No es un trayecto para cruzar rápido: es el paseo en sí mismo.
Lagos para la aventura
Algunos lagos invitan a moverse más:
- Kayak y stand up paddle en aguas protegidas
- Pesca deportiva con guías que conocen cada rincón
- Playas de canto rodado para un picnic
- Senderos que bordean la costa entre el bosque
Elegí según el día y tus ganas, pero siempre con respeto por el lugar.
Cómo cuidarlos
Estos lagos están tan limpios porque mucha gente los cuida. Llevate tu basura, no dejes rastro, respetá la fauna y las zonas señalizadas. La Patagonia es generosa, pero frágil. Si la disfrutás, devolvele el gesto cuidándola.
El mejor momento para verlos
En verano están en su esplendor para meterse al agua; en otoño el bosque que los rodea se incendia de colores; en invierno algunos amanecen con las montañas nevadas reflejadas. No hay época mala, solo distintas versiones de la misma belleza.
Los lagos de San Martín no se recorren con una lista en la mano, se sienten. Vení a sentarte en una orilla, a escuchar el agua, a guardarte ese turquesa imposible. Y si traés cámara, ya sabés: la luz de acá hace magia sola. Nos vemos a la vera del lago.

